Vivimos rodeados de sonidos, pero cuando el ruido supera ciertos límites deja de ser parte del paisaje para convertirse en una amenaza. La contaminación acústica es hoy uno de los grandes problemas de las ciudades modernas: altera el descanso, afecta la salud y, con el tiempo, puede dañar de forma irreversible la audición.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 360 millones de personas en el mundo padecen pérdida auditiva discapacitante, y al menos 32 millones son niños. Una de las principales causas es la exposición prolongada a niveles de ruido superiores a los recomendados.
Una investigación de Mimi Hearing Technologies -compañía pionera en pruebas auditivas digitales; fundada en Berlín en 2014- reveló que el habitante promedio de una gran ciudad sufre una “edad auditiva” que podría ser 10 a 20 años mayor que su edad cronológica. Según un estudio realizado a nivel global, Buenos Aires aparece entre las diez ciudades con mayor contaminación acústica del mundo, ¿lo sabías?
En este artículo exploramos cómo el ruido impacta en la vida cotidiana, cuáles son los niveles realmente seguros y por qué Buenos Aires figura entre las urbes más ruidosas del mundo.
1. Qué es la contaminación acústica y por qué nos afecta
En toda gran ciudad, el sonido es parte del entorno cotidiano: bocinas, motores, conversaciones, obras en construcción y sirenas que se superponen. Pero cuando esa suma de ruidos supera lo que el oído humano puede tolerar sin daño, se transforma en contaminación acústica.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición prolongada a sonidos por encima de los 65 decibelios (dB) ya puede ser perjudicial; superar los 75 dB genera efectos nocivos si se repite con frecuencia, y por encima de los 120 dB el sonido se vuelve doloroso y peligroso para la audición. Para dimensionarlo: el tráfico intenso alcanza los 85 dB, una bocina cercana ronda los 100 dB y una sirena puede superar los 120 dB. Lo que parece cotidiano, en realidad, puede estar dañando el oído sin que lo notemos.
Buenos Aires es un caso particular dentro del país. Su densidad poblacional, su ritmo de vida y la concentración de actividades hacen que el ruido forme parte permanente del entorno. Con más de tres millones de habitantes solo en la ciudad y más de quince millones en su área metropolitana, el movimiento nunca se detiene. Colectivos, autos, motos, obras, bocinas y ambulancias conforman un paisaje sonoro constante que pocas veces baja de los 70 decibeles. A diferencia de otras ciudades argentinas, donde las noches suelen ser más tranquilas y el tránsito disminuye, en Buenos Aires la actividad continúa prácticamente las 24 horas. Esa energía incesante, que le da vida a la ciudad, también la convierte en uno de los puntos con mayor exposición sonora del país.
Y es así que tanto ruido no solo afecta la salud auditiva: también se filtra en nuestra vida diaria. Interfiere con el descanso, eleva el estrés, genera fatiga mental y nos roba esos momentos de calma tan necesarios para pensar, crear o simplemente desconectarnos Lo más preocupante es que muchas veces nos acostumbramos sin darnos cuenta de cuánto nos agota. Ese dolor de cabeza al final del día, la irritabilidad o la dificultad para concentrarse pueden ser señales de un entorno sonoro demasiado intenso.
A veces no sabemos cuánto necesitamos bajar el volumen del mundo hasta que lo intentamos: alejarnos del bullicio, cerrar una ventana o usar protección auditiva en medio del caos puede revelar el alivio que nos estábamos negando.
Aunque no podemos eliminar el ruido por completo, sí podemos aprender a convivir con él de una manera más saludable.
2. Cómo proteger tus oídos en la ciudad: buenas prácticas
Silenciar Buenos Aires es imposible, pero sí podemos aprender a vivir en ella sin que el ruido nos pase factura. La clave está en adoptar pequeños hábitos que, sostenidos en el tiempo, ayudan a cuidar la audición y reducir la fatiga sonora.
Uno de los más efectivos es el uso de protectores auditivos. Lejos de aislarte del entorno, están diseñados para reducir los decibeles a un nivel seguro y volver el sonido más tolerable. Pensemos en algo tan cotidiano como el viaje diario en transporte público: dos horas rodeado de bocinas, motores y conversaciones representan una exposición sonora alta y constante. Usar protectores puede generar una diferencia inmediata: menos tensión, mayor tranquilidad y una sensación de descanso al final del día. Reducir el ruido no solo protege la audición, también mejora el bienestar general.
🗣️ “Son super cómodos y disminuyen un montón el sonido ambiente, los uso siempre para estudiar y me ayudan mucho a concentrarme.” Julieta Sánchez - 30/10/2025
Otra estrategia simple es elegir rutas o espacios más calmos siempre que sea posible. Optar por calles interiores, cruzar por parques o evitar las avenidas más transitadas puede parecer un detalle menor, pero unos pocos decibeles menos al día tienen un efecto acumulativo enorme sobre la salud auditiva.
También conviene evitar las exposiciones prolongadas. Hacer pausas, alejarse de la fuente sonora o apagar dispositivos innecesarios da al oído el descanso que necesita. No se trata de vivir en silencio, sino de permitirle un respiro a un sentido que trabaja sin pausa.
Y no olvidemos que el exceso de ruido no siempre viene de afuera. Los auriculares, tan presentes en la rutina urbana, pueden generar presiones sonoras comparables al tránsito intenso. Escuchar música a volumen moderado y hacer pausas regulares son gestos simples que previenen daños a largo plazo.
Cuidar los oídos no implica desconectarse del entorno, sino escuchar con conciencia. En una ciudad que nunca se detiene, aprender a bajar el volumen puede ser la mejor forma de recuperar bienestar. Pero ¿qué pasa cuando el ruido está tan presente que parece imposible escapar de él?
3. Cuando el ruido nunca se apaga
En Buenos Aires, el sonido parece estar siempre encendido, incluso de noche, cuando el cuerpo pide descanso, el oído sigue en alerta. Y así, sin notarlo, caemos en un ciclo donde el ruido acompaña cada momento del día.
Esa exposición constante desgasta el cuerpo y la mente. Dormimos mal, rendimos menos y vivimos en un estado de tensión continua. Lo que comienza como un leve cansancio se convierte en una sensación persistente de agotamiento que ni el sueño logra revertir.
Por eso, más allá de proteger la audición, reducir el ruido es una forma de recuperar equilibrio y salud mental. El uso de tapones auditivos en los momentos más intensos no cambia la ciudad, pero sí cambia la manera en que la habitamos.
🗣️ “¡Hermosos! Mis vecinos no me dejaban dormir. Con estos tapones no escucho nada y duermo feliz.” Carla Acosta - 21/09/2025
Aprender a bajar el volumen —aunque sea por momentos— puede ser la forma más simple de cuidar la salud y reconectarnos con el bienestar que la ciudad a veces nos hace olvidar.
